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Me pregunto qué recordarán mis pequeños con el paso de los años de éstas las vacaciones más extrañas que hayamos tenido alguna vez.

No sé si dentro de 10 años el mayor recuerde de estos días el pesado viaje, el paso en el ferry, su cumpleaños número quince, su logro de nadar todo el día en el mar profundo, los solitarios peces de colores o el pez gigante que pasó nadando enfrente de él. Tal vez sean sus nuevos amigos o tal vez las carcajadas por la lluvia repentina que nos cayó encima mientras paseábamos alrededor de la isla en ese rupestre Volkswagen sin techo a la orilla del mar.

No sé si lo que recordará mi pequeña será la cantidad de horas que pasamos los dos juntos en la piscina o nuestra caída a la orilla de la playa. Tal vez sea ese cangrejito ermitaño con su pequeña casita o el golfito o el número de rebanadas de pastel que se comió.

Lo que puedo decir es lo que yo recordaré:

La mirada perdida en el horizonte del mar azul turquesa de mi pequeño. Esto en el cruce de vuelta de la isla a tierra firme y mientras la brisa marina golpeaba su rostro y lo hacía sonreír.

Nunca antes lo había visto tan lleno de sueños.

Y de Pequeñitas Manos llevaré por siempre su dicho “abrázame Papi” lleno de cariño y la hermosa velada que los dos pasamos juntos.

Llevaré estos recuerdos con cariño por siempre.

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