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Hará unos días leía este blog, lo repasaba de principio a fin, leía sus historias y me maravillaba de mis recuerdos y del como han cambiado las cosas.

Hoy el mayor tiene 11 años y disfruta de sus últimos días de niño. Aun a veces se maravilla con un pequeño juguete que lo entretiene por horas y aún no ha querido deshacerse de algunos de ellos que considera especiales y los conserva con cariño. Desde pequeño ha tenido el don de maravillarse con la vida, y esa será su fortaleza.

Pequeñitas manos ahora tiene 5 años y es un torbellino. De personalidad fuerte arrasa con todos, aun con su pequeña mascota, un perrito, con quien literalmente se agarra de las greñas. Tiene una sonrisa y alegría que mata; sus pequeños abrazos espontáneos de chango encaramado mientras dice —Papi, te quiero mucho— me hacen estremecer el alma.

He descubierto que a mi “pequeño” le fascina el mar y nadar en el agua aunque no comparte conmigo el gusto de pescar. Así he renunciado a veces siquiera mencionarlo, no soporta la visión de ver un pez con un anzuelo atravesado.

Mi niña por el contrario no duda en pedir un anzuelo en su pequeña caña, más de una vez nos ha ganado y no se inmuta al tomar un pez en las manos.

Aunque ciertas veces puedo atrapar a ambos pescando jaibas o cangrejitos.

Esa, pienso, ha sido tal vez la parte más fascinante de ser padre, cada uno de ellos es diferente y especial a la vez.

Por las noches aún conservo la costumbre de levantarme para visitar el cuarto y cerrar las ventanas si hace frío y acomodar las sabanas. Sentarme un rato al lado de ellos, acariciar su pelo y sentir que estoy ahí para protegerlos por toda la eternidad.